sábado, 10 de septiembre de 2011

Cosas sueltas

Aún podía verla. Estaba a mi lado, sentada y mirando las nubes que avanzaban lentamente por el cielo azul de aquella tarde veraniega. A pesar de que el sol nos daba de lleno en la espalda el viento que corría era espeluznantemente fresco, lo que a ratos ocasionaba que un sorpresivo e inesperado escalofrío recorriera todo mi cuerpo.
Su cabello suelto se movía de forma salvaje junto a los pequeños torbellinos que se formaban a la altura de su cara; sus ojos titilaban desorbitados ante el infinito; sus manos jugaban con las pequeñas piedras que recubrían las grietas dejadas por el tiempo en la madera de las líneas férreas y sus pies pateaban ocasionalmente los envoltorios de galletas y el envase de jugo de naranja que yacía vació junto a una caja negra.
Cada instante tenía más ganas de abrazarla pero estaba muy distante. Creo que estaba perdida.
“Lo hecho hecho está”.
-¿Tienes frío? –preguntó al ver que tiritaba.
-Sí, -respondí.
-Abrázame, -dijo.
Dudoso apoyé mi cabeza sobre su suave chaleco de lana. Sentía sus dedos acariciar mi espalda, sus pies empinados para parecer más alta, su respiración forzada y también mi corazón… oh mierda, mi corazón latía como un diablo.
-¿Bret? ¿Qué te ocurre? –preguntó.
-¿Por qué?
-Tu corazón late muy rápido, me da miedo.
-Pues... no lo sé. Creo que está bien, -dije, intuyendo que ella obviamente sabía la razón de los acelerados latidos. -supongo es un corazón fuerte, -concluí al cabo de unos segundos.
Hubo un extraño momento silencioso en donde nuestras miradas no se despegaron la una de la otra. De pronto comenzó a deslizar suavemente sus dedos por mi pecho acercándose tanto que podía apreciar nítidamente los pellejos de sus labios partidos.
-Podría matarte golpeándote aquí, –murmuró simulando un puñetazo- justo ahí, en tu corazón.
-No lo harás ahora ¿cierto? –pregunté.
-No lo haré jamás.
-Entonces... ¿Qué harás?
-Lo que estás pensando hacer tú, –afirmó
Se acercó tanto como pudo a mi boca. Yo retrocedí.
-Sabes que lo haría, sabes que no debemos, no me tientes y yo no lo haré. –dije.
Ella cedió a mi petición y volvió su mirada hacia el horizonte dándome la espalda.
Yo solo esperé. 
  
Recuerdo ese día 
¿Recuerdas ese día?
¿Lo recuerdas tan claro como yo?