sábado, 10 de septiembre de 2011

Cosas sueltas II

16 de mayo, 2009

El cielo es gris y Dios en su divinidad quiso que justo hoy la lluvia cayese sobre mí, paradójicamente, de forma endemoniada. 
Le prometí estar en su casa a las cinco de la tarde, pero un taco de enormes proporciones en la avenida principal retrasó el autobús y tuve que correr desesperadamente entre la aglomeración y la incómoda humedad para encontrar un techo protector cerca de la florería a la cual entré luego dando tres zancadas. 
Que el agua estuviese arruinando poco a poco mi abrigo color púrpura era lo que menos preocupaciones me daba, lo más importante en ese momento era que no debía aplastar ni mojar el libro que llevaba bajo el brazo, ya que era  muy importante tanto para mí como para él. Fue por eso entonces que me cercioré de mantenerlo lo más apartado posible de la gente que entraba y salía de la florería para evitando así cualquier accidente.
Luego de unos minutos a salvo de la turbulenta lluvia salí del local y gracias a mi vida dedicada al deporte, pude trotar por alrededor de trece cuadras seguidas antes de llegar al barrio donde vivía Bret. 
Eran casas modestas, de un piso, sin muchos arreglos  pero con enormes patios traseros.
Él siempre me hablaba de su patio y de sus árboles, de sus quiscos, de sus oniscideas* o de su tierra de hojas. Le encantaban las plantas. 
Mientras abría reja que separaba la calle del jardín delantero de su casa, recordé una ocasión en la que, mientras celebraba con mi familia en navidad, alguien tocó el timbre y al salir a fuera me encontré con un quisco en un macetero junto con una tarjeta que decía: “Cuídala, se llama igual que tú”. 
Quizá no era el momento adecuado para recordar eso, pero valla que me ayudó a combatir los nervios mientras decidía si golpear la puerta café barnizada o salir corriendo. 
He llegado a imaginarlo así.
Al cabo de unos segundos golpeé suavemente dando cinco tañidos y de forma instantánea me abrió su abuelo. 
Retrocedí un paso al ver la expresión agria de su rostro y al notar que no me permitiría decir palabra alguna antes que él. 
-Bret te dejó esto, -dijo entregándome una hoja arrugada y muy maltratada, la cual recibí con mucha pena. 
Luego de eso el viejo me cerró la puerta en las narices. 
Atónita, abrí la hoja de papel y la leí bajo la lluvia a pesar de que sabía con antemano lo que en ella había escrito: 
“Tardaste mucho”. 
Agaché la cabeza. 
-Lo siento tanto Bret, -murmuré bajo el cielo gris de aquel 16 de mayo. –No sabes cuánto.


*Comúnmente conocidos como "chanchitos de tierra".